Cuando decidí hacer el voluntariado nunca pensé en trabajar con niños como opción, creía que mi paciencia no era la suficiente para la prueba, mis habilidades con pequeños estaban muy poco desarrolladas o que la experiencia no sería tan enriquecedora como debería. Ahora sólo pienso en lo equivocada que estaba. Por una razón u otra, el destino me llevo a trabajar en el orfanato "Missionaries of Charity", donde habitan cinco misioneras de Calcuta y diecinueve bebés hermosos de ocho meses a cinco añitos.
Llevo tres semanas conviviendo con estas personitas maravillosas y ya me traen vuelta loca. Es increíble cómo desde pequeños pueden ser tan definidos en su carácter y sus gustos, es algo que realmente me impresiona. Me encantaría que todo el mundo viera como Kanna se aferra a conseguir lo que quiere, lo dulce y cariñoso que puede ser Panna o el jovencito atrapado en el cuerpo de un niño que es Reksa. No puedo creer que en tan poco tiempo pueda a llegar a sentir tanto cariño por estos niños y es aquí cuando me pregunto ¿Por qué no lo había hecho antes?
Las razones por la que cada niño está en el orfanato son distintas ya que sólo dos de ellos son huérfanos. Algunos de sus padres tienen enfermedades mentales lo que no les permite cuidar de ellos, otros tantos tienen problemas económicos, recogen basura para intercambiarla por unos cuantos dólares o son familias de entre doce y quince integrantes. Esto hace la vida de estos pequeños más difícil ya que "sí" tienen papás pero no se pueden hacer cargo de ellos, muchos los visitan de vez en cuando lo que hace que se les rompa el corazón a los niños cada vez que les toca decir adiós a sus padres, otros simplemente los han dejado en el orfanato sin más y otros los quieren sacar aunque saben que no les pueden dar las condiciones necesarias para sobrevivir.
Al vivir esto pienso mucho en mis siete sobrinos, algunos con las mismas edades de estos pequeños, y me parte el corazón qué tan diferentes son las situaciones. Me encantaría que cada uno de estos pequeños tuvieran el calor de su madre cada noche o que pudieran hacer actividades con sus padres los fines de semana. Desde cosas pequeñas como comprarles una nieve o hasta llevarlos a un viaje de vacaciones. Lamentablemente no voy a saber si algún día lo tengan. Es difícil pensar que en dos semanas me iré de ahí y ya no sabré nada de estos bebés. Al cumplir los seis años el orfanato ya no se puede hacer cargo de ellos y cada quien tiene que volver con sus respectivas familias. En algunos casos se buscan otros centros de caridad los cuales pueden darle estudios a los niños conforme van creciendo pero lamentablemente no todos lo logran.
Estos niños lo único que necesitan son cariños y apapachos, saben cómo lograr tu atención y aunque no hables su mismo idioma tienen un gran ingenio para darse a explicar. Llegué al orfanato pensando que les iba a dar todo el amor que tuviera en mí para enseñarles lo que es pero en realidad son ellos los que me han dado una gran prueba de amor, desde cómo me mira Nari o cómo me abraza Sapia, cómo Rotha me manda besos al despedirse o cómo me sonríe Vothra. Cada detalle, por más mínimo que sea, se queda en mi corazón por siempre. A veces los voluntarios creemos que venimos a hacer grandes cambios pero son realmente las personas que tratamos de ayudar los que nos cambian a nosotros, ahora estoy segura de ello.







































